Dyamon no podía ocultar su felicidad. Su risa brotaba ligera, limpia, como si no conociera aún el peso de los secretos ni la sombra del destino. Sus ojos, grandes y brillantes, reflejaban una inocencia intacta mientras escuchaba a sus padres hablar del futuro. No entendía del todo las palabras que intercambiaban —alianzas, leyes, manadas—, pero sí comprendía lo esencial: mamá y papá estarían juntos, y la manada dejaría de estar rota.
Para él, aquello no era política ni poder. Era la promesa de u