Al día siguiente, Armyn despertó cuando el mundo aún dormía.
La noche seguía aferrada a la tierra como un suspiro que se niega a morir.
Eran casi las cuatro de la madrugada, esa hora suspendida en la que no es noche ni día, donde los pensamientos se vuelven más claros… y también más crueles.
El silencio era tan profundo que parecía irreal, tan denso que incluso su respiración sonaba demasiado fuerte en sus oídos.
Permaneció inmóvil durante varios segundos, con los ojos abiertos, observando la os