Mahina abrió los ojos lentamente, como si emergiera de un océano profundo y silencioso.
Durante un instante no supo dónde estaba ni cuánto tiempo había pasado. Su cuerpo se sentía pesado, anclado a la tierra, pero también extrañamente en paz.
Poco a poco, los sentidos regresaron: el aroma húmedo del bosque, mezcla de musgo, lluvia reciente y savia; el murmullo lejano del viento rozando las copas de los árboles; el calor suave que la envolvía como un manto protector.
Y entonces lo vio.
Dyamon es