Mahina fue arrastrada por aquella bestia sin nombre, sin honor. Cada paso que daba era un martillazo sobre su alma, cada respiración, un acto de resistencia que le arrancaba lágrimas involuntarias.
Su miedo no era solo físico: era un terror que calaba hasta los huesos, un frío que se extendía desde el vientre hasta el corazón.
Las esposas de plata apretaban sus muñecas, ardían sobre su piel, recordándole que estaba atrapada, sometida, humillada.
Aquellas esposas no eran solo un objeto metálico: