La puerta del ático se cerró con un golpe seco, sonando como una sentencia inapelable. El eco retumbó por los pasillos como una advertencia. Viktor bajó la mirada hacia su costado, donde el cuchillo lo había alcanzado. La tela negra de su camisa estaba empapada en sangre. No era una herida profunda, pero ardía como si hubiese sido hecha con fuego. Su mandíbula se tensó.
Se giró hacia Alina, su rostro estaba endurecido por una furia apenas contenida. No dijo nada más por un buen rato, pero la in