La noche había caído sobre Villa Carranza, pero no había paz en sus sombras. Desde lejos, el rugido de un motor rasgó el silencio como una herida abierta. El eco de las ruedas sobre el asfalto resonó en los corazones de los que aún resistían, pero esta vez no era una patrulla. No eran exploradores. Era él.
Roque Mendoza.
La camioneta frenó bruscamente frente al refugio. El portón metálico tembló por la fuerza del impacto. Roque bajó solo, la mirada encendida, la escopeta en la mano. Sus pasos p