El sol apenas asomaba entre las ruinas cuando Sarah y Zarella se detuvieron. Indira dormía en los brazos de Sarah, envuelta como un susurro. Habían avanzado por pasajes olvidados, sorteado barricadas y cruzado calles fantasmas. El aire olía a gasolina vieja y a miedo. La vieja fábrica que mencionó el chico estaba cerca.
—Por acá —susurró Zarella, guiando por un corredor estrecho entre dos edificios vencidos.
Pero algo no encajaba.
Sarah lo sintió primero: ese silencio tenso que precede al de