En los pasillos agrietados, en las esquinas ahogadas por neón sucio y humo de cloaca, el rumor crecía.
Al principio, fue apenas un susurro entre traficantes de órganos y contrabandistas de armas: Un pibe los cagó. Solo, con explosivos caseros y dos minas, hizo mierda a media tropa de los Mendoza. Algunos se rieron, claro. Otros negaron con la cabeza. Pero las palabras se esparcieron igual.
En los bares clandestinos del sur, donde la muerte era rutina, alguien lo dijo con voz temblorosa:
—Ese ch