La lluvia caía sobre Danma City como una maldición persistente, lavando la sangre de las calles sin borrar el rastro de la vergüenza. En lo alto de una torre de concreto y vidrio oscuro, Roque Mendoza observaba la ciudad con los dientes apretados y las manos temblando de furia.
—¿Me estás diciendo que se escaparon? —escupió, girando lentamente hacia sus hombres.
Frente a él, tres sicarios sudaban frío. Uno de ellos tenía el brazo en cabestrillo, la ropa todavía manchada con el hollín de las e