Oscuridad.
Un frío húmedo le calaba los huesos. Cada respiración era un cuchillo, cada segundo, una lucha contra el abismo. El concreto bajo su cuerpo estaba empapado, quizás por su propia sangre. Santi no lo sabía. No sentía ya el dolor, solo una presión sorda en el pecho, como si el tiempo mismo estuviera a punto de aplastarlo.
Los sonidos del combate se habían desvanecido. Ya no había gritos, ni disparos, ni explosiones. Solo silencio. Un silencio absoluto que parecía provenir de otro mund