Santi abrió los ojos con un quejido. Al principio no entendía dónde estaba; el techo desconchado y las maderas torcidas del refugio parecían un borrón borroso que apenas se aclaraba. Sentía el cuerpo como si hubiera dormido una semana entera sobre piedras, con los músculos tensos y la cabeza palpitando.
Respiró hondo. El olor a humedad, a leña vieja y a tela áspera le resultó casi reconfortante. Entonces sintió algo suave sobre su frente: la mano de Sarah. Estaba sentada a su lado, con el rostr