Sarah estaba junto a una de las ventanas del refugio, apoyando la frente contra el vidrio frío. Afuera el día se iba en tonos apagados, deslizándose entre grises y naranjas. Un viento suave movía las ramas secas, haciendo que golpetearan contra la pared. Se abrazó a sí misma, intentando contener ese temblor que no venía del frío.
Era el mismo temblor que la había acompañado desde el día en que Zarella desapareció. Desde entonces, cada minuto le había pesado el triple, y cada respiración era un