La mansión Marchetti, usualmente vibrante con el murmullo de los negocios y el poder, se sumergió en una calma artificial. Victtorio se detuvo frente al gran ventanal del salón principal, observando los terrenos que ahora le pertenecían a alguien más que aún no llegaba al mundo. Su mano se cerró con fuerza sobre el pomo de su bastón; la idea de la paternidad, en un hombre cuya vida estaba escrita con sangre, era un concepto tan aterrador como glorioso.
"Un hijo. Un Marchetti que no conocerá la