Aria no dormía.
El lugar era seguro, limpio, silencioso… demasiado silencioso.
Un silencio que no tenía pasos firmes en los pasillos, ni miradas que quemaran, ni una presencia oscura marcándolo todo.
Y aun así, le dolía.
Se sentó en la cama, abrazándose a sí misma, intentando convencerse de que aquello era libertad.
—Ya no estás con él —se dijo en voz baja—. Ya no tienes que tener miedo.
Pero su cuerpo no escuchaba razones.
Le hacía falta… y eso la aterraba más que cualquier amenaza.
No