La mansión Marchetti estaba en completo movimiento desde temprano. Aunque Victtorio fingía indiferencia ante la fiesta del senador Vega, la tensión que había dejado su escena con Aria en el centro comercial todavía vibraba en el aire. Aria, por su parte, aún no podía quitarse de la piel el calor de sus manos en el vestidor, ni la forma en que él la había dejado sin aliento, temblando, queriendo más… y odiándose por quererlo.
En el segundo piso, dos estilistas —mandados por Carter— transformaban