La mañana amaneció gris sobre la mansión Marchetti.
Después del incendio en el club enemigo, todos parecían tensos, vigilantes, listos para una guerra.
Pero en el corazón del monstruo, en la cocina privada donde Aria y Sofía desayunaban custodiadas por dos hombres armados…
la verdadera batalla era otra.
En un edificio abandonado del Bronx, Arthur caminaba de un lado a otro con el teléfono en la mano, los ojos inyectados de furia y ansiedad.
—¿Luciana? —dijo, apenas oyó la voz tembloro