La camioneta negra se detuvo frente a la mansión de Arthur con una precisión quirúrgica. No hubo sirenas, no hubo escándalo. Solo el motor apagándose y cuatro hombres descendiendo como sombras entrenadas para destruir.
Victtorio fue el primero en avanzar. No llevaba prisa. Cuando estaba seguro de que la muerte lo esperaba, siempre caminaba despacio.
Luca abrió la puerta principal sin tocar. El seguro cedió con un chasquido seco.
En la sala solo estaba un hombre mayor, sentado en un sillón