La camioneta blindada rugía, devorando el asfalto como un depredador nocturno. Victtorio Marchetti apretaba el volante hasta que sus nudillos, aún manchados con la sangre de otros, palidecieron.
Sus ojos, dos pozos de obsidiana, no veían la carretera; veían el fantasma de Aria bajo su cuerpo.
—No fue deseo —masulló, y su voz sonó como el crujir de huesos secos—. Fue una falla en el sistema.
Pero el recuerdo era una brasa ardiendo en sus entrañas. El roce de su piel, el aroma a miedo y jazmín, y