El vapor llenaba el cuarto de baño, envolviendo a Aria en una neblina densa que apenas le permitía ver su propio reflejo. El agua caliente golpeaba su espalda como latigazos, pero el dolor físico no era nada comparado con la tormenta en su cabeza.
Al frotar su piel con el jabón, soltó un siseo de dolor. Se detuvo y, al limpiar un poco el espejo empañado, se quedó sin aliento. Su cuerpo era un mapa de la posesión de Vittorio. Tenía pequeñas sombras moradas en las caderas donde sus manos grandes