Aria estaba en el baño, examinando las joyas. La pulsera y el anillo eran, de hecho, impresionantes, diamantes que parecían atrapar la luz de la suite. Ella sonrió amargamente. Era un hermoso grillete, y pensó en lo cínico de Victtorio al darle un regalo de bodas en forma de joya.
—Son hermosos, ¿no, señora? —preguntó María, la encargada del servicio, desde la puerta del baño.
Aria asintió, sintiendo la firmeza de la pulsera, que se ajustaba perfectamente a su muñeca.
—Sí. Muy firmes.
Lo que Ar