El cuarto día en la mansión Marchetti amaneció con el mismo silencio tenso que había gobernado desde el intento fallido de escape. Aria ya no lloraba, pero tampoco hablaba. Caminaba, despacio, con la mirada fría, como si cada pensamiento dentro de ella fuera una cadena más que debía romper algún día.
Aria no dormía.
No comía bien.
Y cada día se repetía la misma idea:
Tengo que escapar.
Tengo que salvar a Sofía.
Tengo que recuperar mi vida.
Mientras tanto, Vittorio se ahogaba en su propio caos.