La tarde había caído sobre Long Island con un aire pesado, casi tormentoso. La mansión Marchetti permanecía en un silencio que no era paz, sino una pausa entre dos explosiones. El eco de los pasos en los pasillos se mezclaba con el leve zumbido del viento que rozaba los ventanales.
Aria seguía encerrada. Las horas después de su captura se habían vuelto eternas. El reloj de la habitación marcaba un tiempo que no parecía avanzar; los segundos se arrastraban como si quisieran torturarla. El rostro