El despertar fue lento.
Doloroso.
Pesado.
Aria abrió los ojos con dificultad. La luz blanca le quemó la vista y un mareo la obligó a gemir bajo. Estaba sentada. Atada. Las muñecas sujetas a una silla metálica. El frío del lugar le atravesaba la piel.
—Tranquila… —dijo una voz masculina desde la penumbra—. No te esfuerces.
Ella levantó la cabeza de golpe.
Él estaba frente a ella.
Sin máscara. Sin prisa.
El Águila Dorada.
—¿Dónde estoy? —preguntó Aria, con la voz ronca pero firme.
Él s