Mientras tanto, en otro punto de la ciudad…
Arthur caminaba de un lado a otro frente a una enorme ventana, con la mandíbula tensa, el pecho acelerado y los puños cerrados.
Llevaba horas imaginándolo.
Horas repitiéndose la misma tortura:
“Victtorio ya la hizo suya.
Ya la tocó.
Ya le quitó lo único que quería proteger.”
—¡Maldición! —golpeó la pared.
Tomó su celular y marcó con furia.
Luciana contestó en un susurro prudente:
—Señor… no puedo hablar mucho.
—Dime cómo está Aria. ¿Está bien? ¿La toc