El despacho olía a una mezcla letal de tabaco turco, cuero viejo y el aroma metálico del aceite de armas. La atmósfera era tan densa que el aire parecía pesar. Victtorio Marchetti, el hombre cuya sola mención hacía que los cimientos de la ciudad temblaran, estaba de pie frente al ventanal. Sus hombros, anchos y tensos bajo la camisa de seda negra, proyectaban una sombra imponente que devoraba la estancia.
Carter entró. No hubo preámbulos. El silencio fue interrumpido por el chasquido seco del