Ginna salió de la mansión con el rostro cubierto por unas gafas oscuras y una bufanda que le envolvía media cara, aun así, el dolor de la nariz rota latía como un recordatorio constante de la humillación, cada paso era rabia contenida, no miró atrás, no quería que nadie viera lo que Aria Valverde le había hecho por defender a su hermana.
El coche avanzó fuera de la ciudad, alejándose del territorio de Victtorio, Ginna apretaba el teléfono entre los dedos, marcó sin pensarlo dos veces.
—Ya voy