El silencio en el salón del Concejo era denso, pesado como una losa. El aire olía a incienso y a piedra fría, y las antorchas clavadas en los muros proyectaban sombras que parecían observar cada movimiento.
En el centro, frente a los doce asientos elevados, Adrián permanecía erguido, con la espalda recta y los ojos encendidos de determinación. A un paso detrás, Emili sostenía su mirada fija en él, como si con solo estar allí pudiera sostenerlo. A los lados, Mateo y Leandro se mantenían firmes,