El aire en la cabaña estaba enrarecido, cargado de tensión invisible. Adrián regresaba de la reunión con el Concejo con el gesto pétreo, los hombros rígidos y el silencio ardiéndole en la garganta. Emili caminaba a su lado, y aunque intentaba mostrarse serena, sus labios estaban apretados en una línea fina de rabia contenida.
Apenas las puertas se cerraron tras ellos, la explosión fue inevitable.
—¡Esto es una injusticia! —exclamó Emili, con la voz temblando de indignación—. Ninguna otra manada