Capítulo 29— Sentencia.
El amanecer llegó teñido de rojo sobre el bosque. El aire frío de la madrugada calaba en los huesos, y cada lobo de la manada de la Luna Creciente salió de sus hogares y cabañas para reunirse en el claro central. Nadie había dormido bien; los recuerdos del ataque aún ardían en la memoria: los gritos, las carreras desesperadas, el miedo en los ojos de los niños.
Adrián se mantenía erguido en el centro del círculo, acompañado por su beta, Leandro, y su gamma, Mateo. Sus ojos ámbar recorrían uno a