La cena en el salón comunal fue un torbellino de risas, hidromiel y relatos exagerados de la Carrera de los Ancestros. Las diez manadas clasificadas celebraban su supervivencia, pero el aire estaba cargado de algo más: la tensión de saber que la próxima ronda sería aún más brutal. Las mesas de roble crujían bajo el peso de la comida, y las lámparas de aceite lunar proyectaban sombras que danzaban como lobos en las paredes. Diana, sentada entre Nikolai y Claus, apenas tocó su plato. Su mente seg