El amanecer del quinto día en la Cuenca se levantó gris, pesado, presagio de tormenta.
El viento rugía entre los pinos, levantando remolinos de hojas secas que danzaban sobre la tierra húmeda.
Los Braseros Mayores ardían con su llama azul, pero esa mañana su luz parecía distinta: fría, expectante.
El aire olía a hierro y desafío. Era el día de la segunda ronda: la Carrera de los Ancestros.
Un ritual tan antiguo como la primera manada, nacido del fuego y la sangre.
Una prueba de resistencia, est