La noche había caído sobre el territorio de la manada de Damián. Valeria observaba por la ventana de su habitación cómo las nubes ocultaban la luna, sumiendo el bosque en una oscuridad casi absoluta. Llevaba tres semanas en aquel lugar, y aunque seguía sintiéndose como una intrusa, algo había cambiado en su interior.
Acarició su vientre, que comenzaba a mostrar una ligera curvatura. El bebé crecía, ajeno a los conflictos que atormentaban a su madre. Valeria suspiró, preguntándose por enésima ve