El aire olía a sangre y tierra húmeda. Valeria se movía entre los cuerpos caídos, algunos aún respirando, otros ya inmóviles para siempre. La batalla había estallado al amanecer, cuando la manada rival había atacado sin previo aviso, aprovechando que muchos aún dormían. Ahora, el sol alcanzaba su cenit y la lucha continuaba con ferocidad implacable.
—¡Kael! —gritó Valeria, buscando entre el caos la figura de su compañero.
Lo vio a unos cincuenta metros, enfrentándose a tres lobos simultáneament