El dolor atravesaba su cuerpo como una daga incandescente. Valeria se aferró a las sábanas empapadas en sudor mientras otra contracción la sacudía sin piedad. La tormenta azotaba las ventanas de la cabaña, como si el cielo mismo quisiera participar de aquel momento crucial.
—Respira, Valeria. Profundo —susurró Elena, la curandera de la manada, mientras colocaba paños húmedos sobre su frente—. El bebé está listo para venir.
Valeria intentó asentir, pero otro espasmo la doblegó. Un grito desgarra