405. Cuando el deseo aprende a nombrarse.
No creí que el después pudiera doler más que el estallido, pero hay un tipo de cansancio que no se instala en los músculos ni en la mente, sino en el lugar exacto donde las decisiones se vuelven irreversibles, y es ahí donde despierto, sostenida apenas por una calma artificial que no me pertenece del todo, con la certeza incómoda de que lo que liberé ya no acepta el silencio como refugio.
Sigo sintiendo a Aeshkar incluso antes de abrir los ojos, no como una presencia externa, sino como una vibr