406. No es paz lo que llega después,.
No sabía que el deseo podía volverse una forma de vigilancia, una presencia alerta que no duerme ni cuando el cuerpo intenta hacerlo, porque incluso en la quietud forzada que sigue a la batalla siento cómo algo en mí permanece despierto, atento al mínimo cambio en el pulso de Aeshkar, a la más leve alteración en ese vínculo que ya no se limita a responder cuando lo invoco, sino que me observa desde adentro, como si también aprendiera a conocerme.
No es paz lo que llega después, sino una tregua inestable que me obliga a convivir con mis propias resonancias, con la memoria recién abierta que no se cierra del todo y que deja escapar fragmentos cada vez que bajo la guardia, imágenes que no se ordenan como recuerdos completos, sino como sensaciones: la presión de una mano que no recuerdo haber tocado en esta vida, una voz pronunciando mi nombre con una entonación que me resulta insoportablemente familiar, la certeza de haber elegido algo sabiendo que dolería.
Aeshkar permanece cerca, no in