404. Lo que arde no pide permiso.
Lo que primero se impone es una sensación más íntima y más peligrosa: la certeza de que algo dentro de mí ha dejado de obedecer a la lógica con la que aprendí a gobernar, y que ese algo no quiere destruirme, pero tampoco está dispuesto a seguir esperando. Es una presión lenta, envolvente, que se instala detrás del pecho y desciende como un pulso caliente hacia el centro del cuerpo, recordándome que el poder no siempre llega como un estallido, a veces llega como una insistencia.
Aeshkar sigue cerca, tan cerca que no necesito verla para saber cómo se mueve, cómo ajusta su presencia para no invadirme y, al mismo tiempo, no soltarme del todo, y ese equilibrio suyo me afecta más que cualquier contacto directo, porque hay una atención constante en su forma de estar, una vigilancia cargada de cuidado y deseo contenido que roza mi piel desde adentro.
—Estás cambiando otra vez —dice al fin, con una voz que no acusa ni teme, pero que tampoco se permite fingir calma.
Asiento despacio, no porque