404. Lo que arde no pide permiso.
Lo que primero se impone es una sensación más íntima y más peligrosa: la certeza de que algo dentro de mí ha dejado de obedecer a la lógica con la que aprendí a gobernar, y que ese algo no quiere destruirme, pero tampoco está dispuesto a seguir esperando. Es una presión lenta, envolvente, que se instala detrás del pecho y desciende como un pulso caliente hacia el centro del cuerpo, recordándome que el poder no siempre llega como un estallido, a veces llega como una insistencia.
Aeshkar sigue ce