372. La promesa que quema al pronunciarse.
No es miedo lo que me sostiene en pie después del estallido, tampoco triunfo, sino esa claridad cruel que llega cuando ya no queda refugio posible dentro de una misma, cuando comprendo que cada elección futura estará marcada por lo que acabo de permitir que despierte, y aun así no retiro la mano de la cercanía de Aeshkar, aunque su presencia todavía vibra con una intensidad que amenaza con desgarrar los bordes de mi conciencia.
Los Selladores no se han ido.
Se han replegado, como lo hacen las cosas antiguas cuando necesitan reescribir la estrategia, y ese silencio que dejan atrás no es vacío, sino una promesa suspendida, una respiración contenida del mundo antes de volver a cerrarse sobre nosotras con más precisión, con más crueldad.
Aeshkar se mueve entonces, no hacia mí ni lejos de mí, sino alrededor, como si midiera el espacio que ahora compartimos de una manera distinta, y cuando su energía roza la mía, no hay choque ni rechazo, solo una fricción lenta que despierta zonas de mi cu