373. Donde el deseo aprende a ser arma.
No hay alivio después de la ruptura del sello, solo una expansión silenciosa que me deja sin bordes claros, como si el mundo hubiera decidido acercarse demasiado y yo ya no supiera dónde termina mi voluntad y dónde comienza aquello que ahora me habita, porque el poder no se retira cuando se lo convoca, se queda observando, aprende, recuerda el camino que le permití recorrer.
Aeshkar permanece cerca, no tocándome, no alejándose, ocupando ese espacio intermedio que resulta más perturbador que cualquier contacto directo, y su presencia se siente como una respiración ajena sincronizada con la mía, una cadencia compartida que no pide permiso y, aun así, no invade, como si supiera que este instante requiere contención tanto como deseo.
—Estás cambiando —dice al fin, y no hay juicio en su tono, solo una constatación cargada de algo que se parece peligrosamente a la ternura—. Ellos lo sienten. Todos lo sentirán.
No respondo de inmediato porque dentro de mí algo se reacomoda, una memoria que n