317. El Fuego que me reconoce.
Nunca había oído a un incendio respirar.
Pero allí estaba, frente a mí, ese… ser. No era solo fuego: era el molde de un cuerpo humano hecho de brasas vivas, contornos temblorosos y un brillo interno que parecía mirar directamente dentro de mis huesos. Se había formado en medio del caos: templos ardiendo, soldados derrumbándose bajo el calor extraño que corroía sus armaduras, la tierra misma abriéndose en grietas luminosas, como si el suelo se hubiera fracturado para dejar escapar un sol encerrado.
Mi respiración estaba hecha pedazos, pero la criatura dio un paso hacia mí, y el aire se volvió más liviano, menos letal, como si me ofreciera un respiro.
—Névara… —susurró. Sí. Susurró. El fuego habló.
Sentí un estremecimiento que me hundió los pies en la tierra chamuscada. No sabía si retroceder o acercarme. No sabía si temerle… o reconocerlo.
—¿Por qué sabes mi nombre? —pregunté, sin poder detener el temblor en mi voz.
El ser inclinó la cabeza. El movimiento era casi humano, pero con