273. La noche de los cuatro.
La sala aún conserva el eco de las voces del consejo, ese rumor persistente que queda flotando en los mármoles y en las columnas como si las piedras hubieran aprendido a murmurar intrigas. Los sirvientes se retiran uno a uno, llevando consigo los restos de vino, los pliegos de sellos rotos, las copas con huellas de dedos que tiemblan. Quedo sola, o casi sola, porque sé que ellos están cerca. Puedo sentirlos antes de verlos. El aire cambia cuando entran: el emisario, con la mirada aún cargada de