273. Ahora, mírame.
La noche huele a cera derretida y a traición contenida.
Las antorchas del salón se apagan una a una hasta que solo queda la luz vacilante de una lámpara de aceite que tiembla con cada respiración mía. He ordenado que no quede nadie cerca, ni guardias ni sirvientes, solo el eco del silencio y el roce leve del aire que se arrastra por el mármol.
Espero de pie, desnuda, con el cuerpo envuelto apenas en una capa de sombra y perfume, consciente de que la oscuridad es la mejor armadura que tengo. No