194. ¿Es esta tu idea de libertad?
El oro engaña, deslumbra, adorna, pero también encierra, y lo descubro apenas mis pies pisan el suelo frío de esta celda que él ha mandado preparar para mí, como si un capricho suyo bastara para transformar la humillación en privilegio; barrotes dorados, paredes cubiertas de tapices pesados que sofocan el aire, lámparas que nunca se apagan porque quiere que incluso en la soledad permanezca iluminada como un trofeo en exhibición, un pájaro exótico al que se le niega el vuelo para deleitarse solo con sus plumas. Camino despacio por el reducido espacio, mis dedos recorren los barrotes como si fueran cuerdas de un arpa, y el sonido metálico que nace de ellos me arranca una sonrisa que él, parado del otro lado, confunde con sumisión.
—¿Es esta tu idea de libertad? —pregunto en un susurro que parece caricia, mientras acerco mis labios al hierro reluciente—. ¿Encerrarme en oro para que no olvide que solo me perteneces?
Él sonríe con la soberbia de quien cree que todo gesto es prueba de de