195. Y yo sabía que te arriesgarías a la medianoche.
La medianoche llega como una caricia tibia en la piel, con esa oscuridad que parece desbordarse entre los tapices pesados que cubren las paredes de esta celda dorada, y aunque el conspirador cree que me vigila con guardias y barrotes, ignora que la noche siempre abre fisuras, siempre guarda pasadizos secretos para quienes saben deslizarse entre sombras. El aire se espesa con un perfume distinto, el humo de la lámpara tiembla, y entonces lo percibo: un roce apenas audible, el roce de una llave que no debería existir, el sonido de un hierro que cede donde no debería ceder.
No me muevo enseguida; permanezco recostada en la estrecha cama, las sábanas arrugadas sobre mis muslos, el cabello extendido como un río oscuro sobre la almohada, los labios entreabiertos en una sonrisa que parece inocente pero que guarda una expectación ardiente. El resplandor tenue se interrumpe cuando la figura aparece, un hombre envuelto en capa negra, el rostro oculto hasta que sus ojos se cruzan con los míos,