Alexander Lee
La expedición en la selva ha llegado a su fin y, por primera vez en mi carrera, el éxito profesional pasa a un segundo plano. Estoy impaciente, casi febril, por conocer la respuesta de Munan.
Desayunamos en un silencio denso, cargado de la electricidad de lo que ocurrió en la hamaca, antes de dirigirnos a la pista de aterrizaje. Allí, una comitiva de la tribu nos esperaba para la despedida.
—Señor Lee, ha sido un honor. Será bienvenido siempre que decida volver —dijo Genaro, el líder del pueblo, con una reverencia solemne.
—El honor ha sido mío, señor Genaro. Cuenten con nosotros para lo que necesiten —respondí, estrechando su mano.
Entonces, el anciano se volvió hacia Munan. Le tomó ambas manos y, con un brillo místico en los ojos, le susurró algo que me erizó la piel:
—Señorita, si conoce nuestras costumbres, sabrá que la mujer es tierra sagrada donde no cualquier semilla germina. Por eso, incluso en tierras extrañas, nunca olvide su esencia.
Acto seguido, s