Aimunan
Por fin en casa. No hay nada como el aroma del propio hogar para silenciar, aunque sea por un momento, el caos del mundo exterior. Trina, siempre atenta a pesar de sus compromisos con Jun, me había dejado la casa impecable y un oso de peluche con una nota de bienvenida. Es una ternura, mi ancla en la realidad.
Pasé la tarde puliendo los informes de la selva, pero al dar las seis, mi mente cambió de sintonía. Me solté la coleta frente al espejo y dejé que mi cabello negro cayera en cascada. Me observé con detenimiento: veinticuatro años y a punto de firmar un pacto con el diablo. Hace un tiempo, me soñaba de blanco y con niños corriendo en un jardín; hoy, esa imagen parece una fotografía vieja y descolorida.
"Disfruta y sigue adelante", me repetí mientras el agua de la ducha borraba el rastro de la selva de mi piel. Mi plan era fríamente pragmático: absorbería su experiencia laboral, sus conexiones y el deleite de su compañía millonaria sin permitir que el corazón se involu