Aimunan
La mañana del 17 de julio llegó envuelta en cortinas de agua. Eran las nueve y el cielo seguía desplomándose sobre el campamento. El luto de mi madre era absoluto; según la tradición, no volveríamos al pueblo en un mes. La prosperidad de la familia dependía de ese silencio, de ese respeto por el alma del abuelo que aún rondaba los árboles.
El desayuno fue una procesión de bandejas entregadas en silencio. Wei y sus padres se habían marchado para aplazar la boda hasta agosto. El vacío q