Aimunan
Me quedé mirando a Alexander, procesando la frialdad de los hechos. Durante meses, yo había construido una narrativa en mi cabeza: él era un hombre moderno, quizás algo cínico, que simplemente no quería la responsabilidad de una familia. Asumí que se había hecho la vasectomía como una decisión de vida, algo común en hombres de su estatus. Nunca, ni en mis sueños más febriles, imaginé que su esterilidad era el grillete de una deuda milenaria.
—Yo... necesito un momento a solas —pedí, sintiendo que el aire se espesaba con cada palabra del sacerdote budista.
—Ahora es el momento de que aclares tus dudas, Nari —insistió el monje, usando ese nombre que me erizaba la piel.
—¡Les juro que estoy tratando de procesar esto! —estallé, retrocediendo—. Es demasiada información, es como una roca cayendo sobre mi cabeza. ¡No me presionen!
Alexander dio un paso hacia mí, con una desesperación en los ojos que nunca le había visto. Era el rostro de un hombre que veía su mundo incendi