Aimunan
¿Esperanza? —repetí, y la palabra sonó extraña, casi amarga, en el aire cargado del dormitorio.
—Sí —respondió Alexander. Su voz era un hilo de confesión—. Me atraías de una forma que no podías imaginar. Siempre habían sido las mujeres quienes me buscaban a mí, pero contigo fue al revés. Yo era el que no podía dejar de mirarte. Eso, de alguna forma, me dijo que contigo las cosas podrían ser diferentes. Fue una idea que, de pronto, se instaló en mi mente como una promesa.
Sentí un f