Aimunan
¿Esperanza? —repetí, y la palabra sonó extraña, casi amarga, en el aire cargado del dormitorio.
—Sí —respondió Alexander. Su voz era un hilo de confesión—. Me atraías de una forma que no podías imaginar. Siempre habían sido las mujeres quienes me buscaban a mí, pero contigo fue al revés. Yo era el que no podía dejar de mirarte. Eso, de alguna forma, me dijo que contigo las cosas podrían ser diferentes. Fue una idea que, de pronto, se instaló en mi mente como una promesa.
Sentí un frío repentino recorrer mi espalda.
—Significa que... ¿ya lo habías intentado antes? —pregunté, aunque en el fondo ya sabía la respuesta.
—Sí. Estuve comprometido.
—Entiendo. Y esa novia era Evi, supongo —dije, tratando de mantener la voz firme mientras la imagen de la mujer de labios encendidos y perfecta cruzaba por mi mente.
—Sí. Durante tres años intentamos concebir de todas las formas posibles. Gastamos fortunas en tratamientos, médicos de renombre, clínicas especializadas... pero no o