Aimunan
Nada de lo que dijera serviría para defenderme. El silencio en la Gran Sala de Espera era una entidad física, pesada y polvorienta, que se nos echó encima en cuanto cruzamos el umbral. Allí, sentados con la rigidez de las estatuas antiguas, estaban dos de los ancianos que había visitado en mi viaje. Sus ojos, nublados por los años pero afilados por la sabiduría, nos observaban como si Alexander y yo fuéramos una especie de plaga desconocida.
Podía sentir el pulso de Alex en el aire;